Como he explicado alguna vez, yo releo libros de forma habitual. Lo que me impulsa a releer una obra concreta no es, en realidad, su calidad, que a veces es dudosa y otras no, ni un afán de documentarme sobre el tema sino un impulso a veces sentimentaloide y, más frecuentemente, el de disfrutar con la narración o con fragmentos que me gustaron especialmente.
Estos días releí la historia novelada de Yo, Claudio (y su segunda parte, Claudio el Dios (..)), basada -supuestamente- en bastantes fuentes dispares de historiadores de la época. Curiosamente, me gustó más el segundo que el primero, que releí rápidamente. En el segundo, después del asesinato de Calígula, Claudio se dedica a reparar los daños de sus predecesores y a imitar a Augusto -y sobre todo a Lívia- en las tareas de gobierno. Lo mejor, el conocimiento que demuestra el autor de los mecanismos de la sociedad romana.
Todo es cuestión de gustos, pero sigo pensando que vale la pena leer la historia de Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico según Robert Graves.




















