Aplastar y emocionar, esa es la doble consigna del grupo londinense, que anoche no perdió el tiempo y entró a matar desde los primeros compases de la pieza instrumental Life in technicolor, que enlazó con Violet hill. El arranque fue impactante, porque el grupo jugó dos de sus cartas seguras, Clocks e In my place, con las que se llevó la sala por delante. Chris Martin no se sentó al teclado hasta la octava canción, 42. Prefirió ejercer de frontman (en ocasiones acompañado de una guitarra eléctrica), actividad en la que se le vio crecido respecto a giras anteriores.
CHRIS MARTIN, LÍDER
Más extrovertido y suelto en su relación con el público y un poco más hablador, Martin correteó por las dos pasarelas que, desde el escenario, penetraban en la pista, y practicó castellano aún asumiendo sus limitaciones académicas, "Mi español is fucking terrible", confesó. Y añadió, con ciertos titubeos, la siguiente construcción gramatical: "Nosotros somos muy contentos de estar en el país hermoso y una ciudad hermosa".
El fondo del escenario lo ocupaba una enorme reproducción de la portada del cuarto disco del grupo, Viva la vida or death and all his friends, es decir, el cuadro decimonónico La libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix. Imaginario clásico para una puesta en escena con gags tecnológicos, como continuos haces de rayos láser y enormes seis esferas que subían y bajaban desde el techo del Sant Jordi en las que se proyectaban imágenes. Un show que supo fundir impacto y misterio.
El nuevo material fue cayendo de manera espaciada, aliado con viajes a piezas de sus discos anteriores, como Speed of sound, Cemeteries of London, Chinese sleep chant y un Fix you secundado por los coros y danzas del Sant Jordi. Tras Strawberry swing, el cuarteto se desplazó a un pequeño escenario alternativo, donde ofreció un pequeño concierto dentro del concierto. Cayó God put a smile upon your face, y Chris Martin se quedó solo, por fin, al piano para interpretar The hardest part. Siguiente parada, Viva la vida, que contagió su clima de apoteosis a toda la sala.
Pero el mayor golpe de efecto fue cuando, tras Lost, el grupo desalojó el escenario y se le vio correteando por un lateral de la pista hasta reaparer en el otro extremo del Sant Jordi, entre el público. Provisto de instrumentos acústicos, interpretó The scientist y la pieza inédita Death will never conquer. Preludio de una recta final de bises que condujo a la angustia de Politik (rematada con la Gnossienne n° 1 de Erik Satie, tocada al piano por Martin), a un Lovers in Japan bañado en confeti, un Yellow coreado por miles de gargantas... Coldplay, en su momento de máximo esplendor. Por ahora.
elperiodico
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