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Cada vez más ingente es la cantidad de textos muy apreciables publicados en Blogs. No estoy seguro de que la mayor parte sean comúnmente calificados como literatura. Pero acostumbro a recorrer varios en ocasiones y éste es uno de los que siempre me sorprenden.



La historia sexual del increíble hombre lija

Armando Akes desarrolló una extraña rugosidad en toda su piel de aspereza similar a la de la barba de dos días pero de una dureza sobrehumana. Trabajaba como parquetista, profesión para la que tenía “un don especial” y algunos fines de semana pinchaba en un céntrico y marchoso local de moda en la capital. Pese a que en los carteles que anunciaban sus sesiones figuraba como Dj Akes, era conocido en el mundillo como Dj Manostijeras, ya que tenía que pinchar con guantes de lana para no echar a perder los vinilos.

Rosetta Mays se sintió tremendamente atraída por Armando Akes desde que lo vio pinchar por primera vez y una noche, totalmente desinhibida a causa del alcohol, se acercó a la cabina y le preguntó si le apetecería ir a un lugar más tranquilo a tomar algo al finalizar la sesión. Armando aceptó sin pensárselo.

Su primer y último encuentro acabó en tragedia.




(Extraído de http://www.elfrascodelodio.com/ Entra y Léelo!!!)
  




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\"¡Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquéllos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos! ¡Y tú sabrás que mi nombre es Yahvé, cuando caiga mi venganza sobre ti!\". Jules Winnfield.
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Menos mal que aún nos queda el pulgar oponible


Sucede que a los antílopes les encantan las hojas de acacia. En la sabana Africana abundan los unos y las otras, y hace siglos que ambas especies conviven sin mayor desequilibrio. Sin embargo, en los últimos años el hombre ha cerrado grandes extensiones de terreno para dedicarlas la cría de antílopes... antílopes, nunca he visto uno, pero mataría por tener algo en casa a lo que poder llamar antílope. Divago. El caso es que, llegado un momento, en esas explotaciones se disparó el índice de mortalidad de los antílopes. Los pobres bichos sufrían largas agonías y morían sin remedio.

En las primeras autopsias se descubrió que los animales muertos tenían en su estómago una gran cantidad de hojas de acacia sin digerir. Todo apuntaba a que los antílopes sucumbían a alguna clase de envenenamiento en el momento de alimentarse. Descartada la posibilidad de sabotajes o capturas furtivas, las únicas sospechosas eran las propias acacias, pero ¿por qué habría de resultarles tóxica una especie que desde siempre había constituido su fuente principal de alimento?

Pasado un tiempo, alguien dio en el clavo al centrar las investigaciones en los taninos, unos compuestos cuyas bondades y presencia en las acacias eran bien conocidas. Igualmente conocido era el hecho de que los antílopes, jirafas y otros herbívoros de la sabana no suelen alimentarse de la misma acacia más que un cuartito de hora, puesto que, cuando se sienten atacados, estos árboles aumentan su producción de taninos de tal forma que sus hojas se vuelven amargas. Una forma sutil pero eficaz de repeler el ataque.

Sin embargo, en las explotaciones ganaderas, este mecanismo de defensa era insuficiente. Dado que la densidad de antílopes había superado con creces las cifras de equilibrio natural entre oferta y demanda, los animalitos se veían forzados a seguir comiendo hojas de acacia a pesar de su sabor amargo, poniendo en peligro la supervivencia de estos árboles. Tras una serie experimentos, se concluyó que las acacias, acosadas por la presión demográfica de los antílopes, habían aumentado su capacidad de producción de taninos hasta niveles mortales.

Lo que es más sorprendente (y lo que motiva esta parrafada que estoy soltando) es que, en el curso las investigaciones, se descubrió no ya que las acacias atacadas aumentaban su producción de taninos, sino que también lo hacían las acacias que no habían sido atacadas. Es más, se descubrió que las acacias disponían de un sistema de señales químicas para alertarse entre sí de la presencia de un peligro.

Cuando apagué la tele, me quedé un poco así. Corríjanme si me equivoco, pero las conclusiones del estudio apuntan a que las acacias tienen un sentido de la comunidad y del bien común. De algún modo, saben que sus posibilidades de supervivencia son mayores si se comportan como grupo… ¡pero son plantas!

No sé a ustedes, pero a mí, esto de la vida se me ha quedado de pronto dos tallas demasiado grande.


( de Deponga su Actitud, http://yogurtu.blogalia.com/historias/11914 )
  



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El momento de la herejía

Antaño lo virtuoso era la fidelidad a los valores, a los credos, a la palabra dada. Permanecer a pesar de las tentaciones y los obstáculos. Hasta el final. No extraviarse por caminos fáciles, no caer en las "trampas de la vida", aquellas que enredaban a tantos, a quienes compadecíamos y condenábamos por igual.

Pero hoy somos animales heréticos, versados en el arte de traicionar y reinventarse, sabedores de que la fidelidad es la gran deslealtad, pues no hay verdad que al tiempo no esclavice ni divorcie del espíritu que la alumbró. Sólo una regla debe observarse, vigilar con atención el momento de la herejía pues ocurre - a veces - que la persona amada nos ve marchar hacia los brazos de quien hoy todavía es su enemigo.

Con ojos llorosos nos ven abrazar lo que juramos combatir, beber de la copa de la condenación, virar el rumbo hacia costas extrañas. Es entonces el día del divorcio y la pena, del nacimiento de un silencio y un juicio entre los dos, porque nadie soporta el brusco cambio de vida, no conocer al compañero amado, verle mudar de planeta. Justo allí a donde irá a parar si el miedo y la soledad no se lo impiden.


(De A veces escribo cartas, Enlace Vale la pena leerlo)
  



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