Jaén, 1 de noviembre de 1970. Día de todos los santos; 7,15 de la mañana.
El viento, desapacible, traía un gélido aliento desde las nevadas cimas de sierra Mágina. Ululaba entre las esquinas de las estrechas callejas del barrio más antiguo de la ciudad. Las calles, silenciosas y solitarias, apenas despertaban con el eco fantasmal de las pisadas sobre los resbaladizos adoquines, de un grupito de personas que caminaban temerosas de resbalones y tropiezos. De trecho en trecho, faroles ochocentistas mal iluminaban los rincones, con una luz pobre y amarillenta, que más que alejar las sombras las hacía más compactas y creaban un ambiente tenebroso y difuso. El cielo estaba borrascoso, impenetrable a los primeros resplandores del sol y mantenía con celo la obscuridad de la noche cerrada, bajo un manto de silencios, ausencias de vida y letargos.
La iglesia de Santa María Magdalena estaba cerrada, a causa de una restauración que, interminable, mantenía andamios y pilas de piedra, arena, cal y cemento, a su alrededor. Nada se movía. Ni un hálito de vida parecía existir, creando la sensación de hallarse inmersos en un mundo irreal y sobrecogedor, propio de las almas en pena, que se agigantaba con el eco de sus pisadas. Aquellas personas caminaban encorvadas, percibiendo el frío y la soledad más absoluta; mientras, en su mente rielaban como fuegos fatuos, pensamientos y sensaciones de tristeza, vergüenza y protectora solidaridad. Sólo dos almas se abstraían de aquel ambiente y, en su fuero interno, brillaba la esperanza y la felicidad de la plenitud de sus deseos.
Por fin llegaron al lugar santo, en el que esperaba el cura. Era una capilla desierta, lúgubre y espartana, abierta por excepción, mientras continuaban las obras en la iglesia parroquial. La ceremonia a la que acudían no era motivo de alegría para la mayoría, sino de cristiana benevolencia hacia dos jóvenes rebeldes, que optaron por la contravención social y el pecado, de engendrar antes del santo matrimonio. Por eso escogieron aquellas horas impropias, pero adecuadas para pasar desapercibidos. Nadie debía saber que, a pesar del amor demostrado, aquellos jóvenes sucumbieron a su deseo de vivir su propia vida, por encima de las imposiciones y las buenas costumbres de aquella sociedad.
Era un tiempo en el que se buscaba la modernidad, pero las rancias costumbres y el binomio iglesia estado de la época, hacía imposible que las personas actuaran y pensaran de manera razonable, aunque sí coherentes con la pacata y retrógrada sociedad que existía.
Aquellos jóvenes asumieron con paciencia, más aparente que real, las imposiciones que les aprisionaban y se sentían felices de pensar que a partir de ese instante, protocolario e hipócrita, vivirían su vida, con luces y también con sombras, sin importarles todo lo demás.
Se entregaron sin cortapisas, sin tiempo ni medida; sin rencores, sin dudas y con ánimo de permanencia en su amor.
Ellos fueron felices y soslayaron las experiencias de ese día. Su único anhelo era estar juntos, vivir su amor. Desde el instante en que comienza esta historia, se sintieron afortunados con la fusión de sus almas. Nada de lo acontecido tenía importancia ni percibieron las tristes y obscuras imágenes del día de su boda.
Hoy es mi 38 aniversario.
El viento, desapacible, traía un gélido aliento desde las nevadas cimas de sierra Mágina. Ululaba entre las esquinas de las estrechas callejas del barrio más antiguo de la ciudad. Las calles, silenciosas y solitarias, apenas despertaban con el eco fantasmal de las pisadas sobre los resbaladizos adoquines, de un grupito de personas que caminaban temerosas de resbalones y tropiezos. De trecho en trecho, faroles ochocentistas mal iluminaban los rincones, con una luz pobre y amarillenta, que más que alejar las sombras las hacía más compactas y creaban un ambiente tenebroso y difuso. El cielo estaba borrascoso, impenetrable a los primeros resplandores del sol y mantenía con celo la obscuridad de la noche cerrada, bajo un manto de silencios, ausencias de vida y letargos.
La iglesia de Santa María Magdalena estaba cerrada, a causa de una restauración que, interminable, mantenía andamios y pilas de piedra, arena, cal y cemento, a su alrededor. Nada se movía. Ni un hálito de vida parecía existir, creando la sensación de hallarse inmersos en un mundo irreal y sobrecogedor, propio de las almas en pena, que se agigantaba con el eco de sus pisadas. Aquellas personas caminaban encorvadas, percibiendo el frío y la soledad más absoluta; mientras, en su mente rielaban como fuegos fatuos, pensamientos y sensaciones de tristeza, vergüenza y protectora solidaridad. Sólo dos almas se abstraían de aquel ambiente y, en su fuero interno, brillaba la esperanza y la felicidad de la plenitud de sus deseos.
Por fin llegaron al lugar santo, en el que esperaba el cura. Era una capilla desierta, lúgubre y espartana, abierta por excepción, mientras continuaban las obras en la iglesia parroquial. La ceremonia a la que acudían no era motivo de alegría para la mayoría, sino de cristiana benevolencia hacia dos jóvenes rebeldes, que optaron por la contravención social y el pecado, de engendrar antes del santo matrimonio. Por eso escogieron aquellas horas impropias, pero adecuadas para pasar desapercibidos. Nadie debía saber que, a pesar del amor demostrado, aquellos jóvenes sucumbieron a su deseo de vivir su propia vida, por encima de las imposiciones y las buenas costumbres de aquella sociedad.
Era un tiempo en el que se buscaba la modernidad, pero las rancias costumbres y el binomio iglesia estado de la época, hacía imposible que las personas actuaran y pensaran de manera razonable, aunque sí coherentes con la pacata y retrógrada sociedad que existía.
Aquellos jóvenes asumieron con paciencia, más aparente que real, las imposiciones que les aprisionaban y se sentían felices de pensar que a partir de ese instante, protocolario e hipócrita, vivirían su vida, con luces y también con sombras, sin importarles todo lo demás.
Se entregaron sin cortapisas, sin tiempo ni medida; sin rencores, sin dudas y con ánimo de permanencia en su amor.
Ellos fueron felices y soslayaron las experiencias de ese día. Su único anhelo era estar juntos, vivir su amor. Desde el instante en que comienza esta historia, se sintieron afortunados con la fusión de sus almas. Nada de lo acontecido tenía importancia ni percibieron las tristes y obscuras imágenes del día de su boda.
Hoy es mi 38 aniversario.
____________
Éstos son mis libros:
http://www.bubok.com/libros/3480/me...ias-y-vivencias
http://www.bubok.com/libros/4370/ge...ecomunicaciones























