En su única escala española, el Estadi Olímpic de Montjuïc acogía una de esas ceremonias que engrandecen al rock, el cada vez más escaso encuentro de carisma, calidad y fervor popular. The Police regresó a la ciudad con su infalible mezcla de pop-rock, reggae, post-punk y new wave, que ayer se resumió en forma de rock contundente. The Police, una banda intergeneracional donde las haya, sin un definido ADN musical, ofició durante dos horas una ceremonia extraña: la de apostar por la música y obviar el espectáculo.
Se conocen las cifras desorbitadas que esta gira de reconciliación, como que las 54.947 entradas del concierto de anoche se vendieron en menos de siete horas, o que una vez anunciada la gira mundial del trío mágico hará meses se vendieron en un hora y media 1,7 millones de localidades. O que después de este aparente divertimento musical de Gordon Sumner, Andy Summers y Stewart Copeland, les quedarán limpios 147 millones de euros. Pero la macroeconomía no le interesaba ciertamente al público que llenó el Estadi, que venía a escuchar sus canciones de siempre y que no siempre pareció enganchar con los nuevos arreglos de alguno de los clásicos.
No hubo concesiones más allá de las prescritas en el guión de la buena educación: "¿Qué tal Barcelona?", intercaló un Sting expansivo y feliz, en camiseta blanca, en el brutal arranque de Message. El solista sabe hacer buen uso del yoga y de pilates, Copeland ha matizado y diversificado su polirritmia, y Gordon Summers, ese guitarrista que posee un currículo insuperable, por fin pudo demostrar unas virtudes tapadas en los tiempos del éxito masivo (extraordinarios tour de force en Syncronicity II, en Driven to tears, en la kermesse de So lonely...).
Ahora ya no ocurre eso, porque The Police son un grupo casi imbatible en la distancia corta. Cuando entraron con Walking on the moon, las nubes que tapaban la luna barcelonesa se empeñaron en aguar la fiesta pero al final desistieron al ver lo que se avecinaba. ¿Nostalgia? ¡Quiá! Mes a mes están reedificando un rascacielos, una pagoda, una mezquita o una sinagoga que ni Foster ni Nouvel.
Una reconstrucción basada en datos empíricos: Sting es un diletante atractivo que le ha dado la vuelta a gran parte del repertorio del grupo, amparado en una voz de alto octanaje y mejor conservación.
El repertorio elegido para la actual gira procura obviar lugares nefandos: Do do do es tocanarices, pero en cambio se sacaron un nuevo arranque espléndido de Wrapped around your finger.
La base rítmica, hoy por hoy, es única. Y, sobre todo, la enorme libertad que transmite este "bienvenido a casa" con crudeza, sin apoyo de otros músicos (ni bases grabadas) y con una escenografía efectiva pero no ampulosa.
La reelectura de Walking in your footsteps es un ejemplo de esta tendencia, de desvestir al santo, aunque ello implique quitar agresividad punk a Truth hits everybody, por ejemplo.
Pero todo esto, así se vió anoche en Barcelona, está muy bien currado, hablando claro.
lavanguardia
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